52 locos y Yo.

Cuento corto que explora los límites de la locura y lo convencional.
-No entienden – acomodaba las cartas nuevamente en la mesa con sus caras hacia abajo después de un largo silencio
-¿Qué es lo que debería entender? – Mi trabajo no es grato, pero trato de llevarlo a éxito.
-Las reglas – lo veo como a un demente al que ya le he explicado con anterioridad infinita el tema de la conversación.
-¿Las del juego? – Sigo viendo como coloca las cartas sobre la mesa sin voltearlas, como si pudiera conocer el valor de cada una por sus reversos, todos distintos, indicativos de provenir de diferentes mazos, sucios y desgastados, golpeados por la vida y por su andar en el mundo.
-Si, son las únicas que importan – continuo colocando las cartas en cuatro columnas de doce filas cada una, creando un rectángulo del cual recojo las piezas y vuelvo a comenzar.
-¿Pero cuales son? – Mi curiosidad es solo aparente, cuesta tal trabajo hacer hablar a este paciente que cuando inicia lo mejor es estimularlo.
-Tu puedes verlas, solo si abres tus ojos las tendrías golpeando tus pupilas, tanto que no podrías ni cerrarlos sin verlas – ya comienzo la repartición de las cartas sobre la mesa.
-Sería más sencillo si un mentor me las señalara – darle el rango de maestro puede resultar una locura, pero creo que puede funcionar.
-Yo hablo desde el yo, y tu también, en el fondo los Yo son el mismo, ese es el centro del juego, pero no puedo darte las reglas, tienes que verlas por tu cuenta, si es que te atreves – las filas crecen a partir de mis manos y cubre el espacio mostrando sus reversos.
-¿Son tus cartas? – pregunto tonterías para ganar tiempo mientras tomo nota de una reflexión interesante que valdría la pena compartir con mis colegas.
-Ellas o ellos son los que me rodean, somos todos – miro a mi visitante y sé que casi no me pone atención, así que le digo una verdad que sé que concientemente no podría entender.
-Es bueno encontrarte tan dispuesto a hablar – el tiempo casi se acaba, tengo que despedirme y preparar mi próxima visita, sé que tiene memoria, así que conviene que me recuerde bien.
-Creo que voy a ver la ventana un momento, si algunas de mis cartas se volvieran y mostraran sus caras no me enterare – lo invito a una experiencia que espero que acepte.
-Hace un día muy bonito – en cuanto me da la espalda resuelvo una curiosidad que me traía de cabeza con cada entrevista, voy volteando las cartas y encuentro que todas son comodines, las cartas del loco, la única capaz de asumir cualquier valor. Es todas y ninguna a la vez.
-Cada uno narra desde sí mismo como si fuéramos diferentes – no necesito volver mi vista de la ventana, puedo sentir su desconcierto – Por eso cada miembro de un diálogo habla a partir de sí, un observador de lo que hacemos no podría diferenciar con facilidad cuando habla el uno y cuando el otro, a menos que aplique el criterio de la alteridad para las frases que se pronuncian. En el fondo somos la misma carta que asume diferentes valores, todos somos locos que juegan a ser cuerdos y aplican leyes de dementes para explicar y explicarse. La verdad no hace libre siempre, a veces aprisiona y duele más que una cadena en el cuello. Vuelva cuando quiera, usted empieza a saber que es como yo.

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