No quiero pensar

Hace poco una persona, cursante de la universidad me dio una respuesta inesperada cuando le hice una pregunta durante una clase y al no tener respuesta le indique que pensara sobre lo que habíamos dicho en el aula hacía solo unos minutos. La respuesta en cuestión fue: “No quiero pensar”.

He de decir que no me esperaba tal contestación, eso excedió mi nivel de absurdo y no pude evitar reírme ante el desatino de tal respuesta, aún en este momento me parece un completo sin sentido, algo que contradice la razón misma de existencia de la universidad y da una muy pobre idea de la condición de supuesta universitaria de la persona que emitió tan sincera como impropia declaración.

Por otra parte supongo que no puedo culparle, pensar no es algo que se valore mucho en ciertos campos ni tampoco durante algunas edades (ojo que no me voy a meter con el asunto del género porque eso sería ofensivo para distintos colegas). Es en momento así que recuerdo una frase atribuida a Ford: “Pensar es difícil, por eso tan poca gente lo hace”.

Cuando le comenté a un colega lo que había pasado, tuvo a bien prestarme un libro interesante, fue La Era del Siervoseñor: La Filosofía, la publicidad y el control de la opinión de Dominique Quessada (2002). En este texto pude hallar algo interesante:

Desde esta posición, los que piensan, los filósofos, no tienen, pues, acceso a la belleza. Se impone  una conclusión: ‘Es hora de desconectar el cerebro si no quieres que tu hermosa apariencia se esfume’. Esta concepción de la belleza excluye toda idea de profundidad en provecho de la superficialidad y desplaza su lugar mismo: la única belleza que queda en liza es la de lo mismo. El siervoseñor es superficial porque reabsorbe el antagonismo dialéctico entre superficialidad y profundidad. Desea una belleza que ya no es la que, fascinante, emana del Otro (la de la diferencia), sino aquella otra, utilitaria, que proviene de él mismo (la de identidad). […] ‘Lo único que se interpone entre tú y la eterna juventud es esta bola gris que hay entre tus orejas’… (p.p. 242-243)

Tengo que admitir que la ironía del material es muy fina y directa, incluso me sirve para dar una posible explicación a la terca valoración de la vacuidad como algo atractivo, aunque por otra parte no puedo culpar enteramente a la simple persona que se somete sin saberlo a este imperativo de NO PIENSES – NO TE ESFURZES. Tengo que alegar a su favor que se le ha preparado de esta manera, se le ha educado y entrenado para que sea una persona “linda”, implicando con ello que su cráneo debe estar lo suficientemente desocupado de ideas como para poder realizar acciones e interacciones apropiadas para tal tipo de seres humanos, tal como la intriga, el rumor, la neurosis de la adicción a las cirugías estéticas, el consumo ortorexico de alimentoslight, entre otros muchos.

Supongo que para cerrar el tema y dejar en claro algo, tengo que señalar que no tengo nada contra lo estéticamente agradable, me gustan las personas hermosas, pero tengo claro que lo externo (la apariencia) es solo un frágil envoltorio que el tiempo se encargara de darle nuevas formas (si es que se logra vivir lo suficiente para que el tiempo pase) y que la forma sin la esencia es algo bastante triste y lamentable.

Recomiendo consultar el libro mencionado anteriormente:

Dominique Quessada (2006). La Era del Siervoseñor: La Filosofía, la publicidad y el control de la opinión. España: Tusquets Editores, S.A. – Ensayo

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